Artículo publicado el 23 de septiembre de 2013, por Guillermo Días Gómez.

Así como se encuentra relacionada la enseñanza teosófica con los colores, las notas musicales, los cuerpos del hombre, los números, no podían quedar libre de esta determinación las Estaciones.

Las Estaciones estaban vinculadas, en las escuelas de misterios, con las fiestas que se les daban a los jóvenes y ancianos. A los primeros, las fiestas primaverales y a los segundos, las celebraciones otoñales. Al referirse a los ancianos incluían tanto a los que estaban próximos a morir como a los Iniciados.

Esto se comprenderá mucho mejor si tenemos en cuenta que antiguamente no imperaba la organización social de libre determinación que actualmente nos rige, sino que todo estaba disciplinado y bajo condiciones rígidas de cumplimiento. De este modo hasta la propia evolución metabólica y moral del individuo estaba normada de manera que en los sucesivos pasos de transición- de una edad a otra,por ejemplo- el individuo era progresivamente comprometido por nuevos conocimientos, nuevas experiencias y nuevas responsabilidad a las que debía someterse.

Estas iniciaciones regulares se cumplían en forma , respetando los festejos y lo que simbolicamente representaban.

En la antigüedad encontramos una organización social que gira alrededor de una estructura central: la familia. De esto surge la cadena sanguínea de los descendientes. Esto estaba comprendido dentro de una unidad cerrada, donde regia la misma religión, más o menos el mismo nivel económico, el más anciano era el que mandaba. En este sistema al individuo se le planifica su vida social: la profesión, el oficio, su educación, casamiento...etc. Esto, psicológicamente, provocaba un estado de niñez prolongada hasta la adolescencia y aún más allá de ella.

Hoy en día nuestros “modernos” sistemas descansan en las mismas bases, aunque no mandan los “ancianos”; los niños no son tales pues desde temprana edad adquieren conocimiento anticipado que daña su débil carácter o su propia formación interior, creando traumas psicológicos o abandona su estado infantil prematuramente.

En la antigüedad, y durante una ceremonia de tipo mística, psicológica y académica, se elegía a los que merecían ser iniciados en los misterios de la adolescencia por su madurez emocional, moral, intelectual y espiritual (el resto quedaba hasta la próxima oportunidad).

Hoy, el paso de una edad a otra no tiene  “misterio”; el niño no espera la adolescencia con expectativa . En la antigüedad los elegidos para considerarlos adolescentes formaban una fraternidad que por los nuevos conocimientos asimilados los diferenciaban de aquellos que continuaban siendo niños.

Esta diferencia provocaba la curiosidad y despertaba el interés de los niños quienes se esforzaban para dejar prontamente tal estado. Lo mismo sucedía cuando el adolescente pasaba al estado de adultes. Este paso era festejado con los Ritos de la Primavera.

La primavera en las distintas culturas

 

En Grecia, por ejemplo, las grandes festividades coincidían con la apertura al publico de los pequeños misterios ( cada 5 años) que posteriormente eran representado con los juegos olímpicos, que poseían un significado sagrado.

Este momento era muy esperado por los jóvenes. Se preparaban de tal modo que daban lo mejor de sí. Había llegado el momento de ponerlo en contacto con los misterios del sol resucitado, con los Misterios de Apolo. Decían que el Dios había permanecido sepultado y mantenido en largas noches (el Sol durante el Invierno). Lo comparaban con la semilla que era enterrada para luego nacer con fuerza y ser árbol.

Se enseñaba en esos tiempos que con la llegada de la Primavera, cada 23 de septiembre, los primeros rayos del Sol venían acompañados de unos seres cuyos cuerpos estaban hechos de luz: los Hiperboreos. Estos serían especies de deidades que vienen a despertar a la Naturaleza para un nuevo ciclo de manifestación, creación y luminosidad. En esa fecha se efectuaban representaciones teatrales que describían los misterios del renacimiento de la vida.

En el Egipto clásico, tenían una misma representación de la primavera. Ésta se relacionaba con Osiris resucitado. Anubis , el Dios de la Regeneración unía los padazos del cuerpo destrozado de Osiris y Éste volvía al reino de la luz. En Egipto había tres tipos de misterios solares: El de Memon , Dios que representa al Sol en su nacimiento ( la juventud); Amon, el Sol en su plenitud ( Cenit, adultez) y Mamon, Divinidad que representa al Sol descendiendo ( la ancianidad).

Entre los Mayas y Aztecas, también existían fiestas dedicadas a la primavera. Ellos tenían como Dios de las Flores a Xochipilli, que simbolizaba también a las flores espirituales, o sea a las virtudes interiores. Se les hablaba a los jóvenes de Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, la deidad interior y exterior del hombre, el símbolo del Quinto Sol, o Quincunce, que era una invitación a que los hombres ejercitaran la mente por sobre las pasiones, para que estallara el corazón de la liberación Hablaban de algo así como de un corazón metafísico que unificaba y mantenía las cosas. Este corazón tiene una semejanza con nuestro Cuerpo Causal, el archivo de lo acontecido a lo largo de varias vidas.

Entre los Incas, también encontramos importantes festejos para recibir la primavera. En sus cerámicas nos dejaron testimonios de su culto y nos hablan de un Sol espiritual ( Kontiki) y un Sol físico ( Virakocha) , que alumbró a la primera pareja humana.

En China e India, antigua, estas festividades de la juventud, no tuvieron tanta resonancia como las festividades dedicada a la ancianidad. Esto se debía a que ellos consideraban que un anciano era un hombre venerable de por sí y se les debía todos los respetos. Este concepto se acepta mejor si tenemos en cuenta que por ejemplo a los 70 años el individuo tenía 7 Iniciaciones o sea que aparte del valor simbólico, este hombre era respetado por sus mayores conocimientos. En India, al joven se lo mantenía en un riguroso estado de inocencia ( como vemos en la vida de Budha). A medida que iba creciendo paulatinamente se lo acercaba a la verdad hasta llegar a ella, pero para ese entonces estaba el joven ya preparado para recibirla.

La primavera encerraba los misterios de los jóvenes; el Verano era para los mayores, adultos; el Otoño pertenecía a los ancianos y el Invierno para muertos, iniciados y desencarnados.

En realidad, no hay ningún pueblo que no haya festejado la Primavera. Actualmente, desde el punto de vista tradicional, resulta lógica nuestra costumbre de dedicarnos al amor y al paseo al aire libre. Precisamente en la antigua Babilonia, en esta estación los jóvenes eran iniciados en los misterios del amor, con un alto contenido místico, con una valoración psicológica y con una altura de lo sagrado, de lo oculto.