Andamos siempre tan ocupados, tan exigidos, tan agobiados.

Nos falta tiempo, nos sobra ansiedad.

Nos falta perspectiva, nos sobran urgencias.

El asombro, el descubrimiento, la frescura de la espontaneidad nos fue abandonando a medida que "crecíamos" y nos poníamos capas y más capas de adultez. Todo eso para descubrir que el corazón late tan lento que  nos hace perder la pasión por vivir.

Nos preguntamos, sin querer en realidad encontrar una respuesta.

Nos enojamos, sin poder definir el origen del malestar.

Nos deprimimos por cosas que en el fondo no sabemos si son importantes.

Vivimos disociados entre lo que racionalizamos, lo que sentimos y lo que finalmente hacemos.

¿Para qué?

Hasta que un día, por decantación natural o por situación límite, nos vemos realmente. ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo me sobrepongo a las circunstancia de la vida? Busco, busco con esperanza o sin ella, busco por mil lugares, voy a un lado, me anoto en un curso, me anoto en otro, busco un proyecto y me busco otro... de pronto me siento en medio de una vorágine. Se que estoy orientada, se que estoy en la búsqueda... pero sigo agobiada.

Es tiempo de parar.

El que busca siempre encuentra, la clave es ¿Quién busca? ¿Mi personalidad o mi alma? Cuando el alma busca, siempre encuentra! Cuando la personalidad busca... nunca está conforme, siempre quiere algo más, siempre hay algo que falta o algo que sobra.

La mejor forma de encontrarse es perderse. La mejor forma de vivir es con un propósito. Un propósito que direccione nuestras experiencias y les de sentido.

No seremos los primeros, ni los últimos que realicen este viaje... pero cuando lo iniciemos nuestra vida no será nunca más un páramo sombrío y caprichoso. Nuestro destino se revelará luminoso frente al reencuentro y hallaremos finalmente la paz interior.

 

 

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