“Por la duda se crece y también se perece” Zoroastro


Como todas las mañanas, llego temprano a atender en el local. Regularmente vienen a informarse algunas personas que creen que un cambio individual y social es posible, pero este año la cosa ha estado más que floja.
El escaso interés por estas enseñanzas, que orientan la conducta humana, especialmente en momentos críticos como en los que vivimos, me lleva a pensar si no estaré haciendo mal la propuesta; si no hay un error en el mensaje; si no debería utilizar fórmulas espectaculares o argumentos engañosos -pero atrayentes- del estilo: “ofrecemos soluciones mágicas”; “le garantizamos la felicidad en 24 minutos”; “usted podrá encontrar la inmortalidad en 48 horas”; “cómo hacerse rico en una semana” y otros pensamientos mágicos por el estilo.
El local, ubicado en una pequeña galería de la avenida Santa Fe, tiene un entrepiso que utilizo como depósito de revistas, biblioteca y lugar de descanso o meditación. Cuando subo para pensar, generalmente enciendo un sahumerio, ya que me ayuda a centrar la mente en un solo pensamiento.
Esta mañana, realmente siento que debo hacer este trabajo  interno, porque comienzo a tener algunos pensamientos que comienzan a agitar mi mente. No logro encontrar una explicación a la indiferencia de la gente:


“¿El hombre, es merecedor de que le ayuden? ¿Estas convencido que es tu destino enseñar? ¿Será que tu tendencia a la meditación es simplemente un  recurso de fuga? ¿No sería mejor que buscaras un empleo de dependiente, como el resto? ¿Será cierta aquella máxima que dice: si perseveras triunfarás?”


Siento que estoy en una caverna en cuyo interior miles de voces hablaban a la vez. Quiero escapar y me refugio en la lectura. Pero es inútil, los pensamientos vuelven a mí con más fuerza:


“¿No estás perdiendo el tiempo leyendo a los filósofos políticos? De qué sirvieron las soluciones que cada uno de ellos ofreció a los hombre ¿No cayeron acaso en el olvido o en la incomprensión de aquellos a quienes querían salvar?”. “Los días pasan y hay pocas personas que se interesan por tus cursos; tienes que pagar la luz, el alquiler, la comida, vestirte, mandar a tus hijos a la escuela; todos estos gastos van creciendo y tu sigues soñando con el ser humano.”


De pronto recuerdo  las últimas noticias: “En la provincia de Buenos Aires, mueren diariamente niños acosados por el hambre y hay nueve millones de pobres” y los ojos inexpresivos de mis conciudadanos a los que cada vez noto más derrotados, aterrorizados, destruidos psicológica y mentalmente.?Vienen a mi mente imágenes de miles de personas tratando de destruir los vidrios de grandes almacenes para apoderarse de las mercaderias; muchos de ellos desesperados y muchos otros  sólo queriendo aprovecharse de la desesperación colectiva.

Basta!
No quiero pensar pensar más.

Camino hasta la puerta del local fumando una vieja pipa, quizás este humo oscuro logre finalmente adormecer mi mente. Sin embargo, los pensamientos no dejan de torturarme. Claramente son dos voces: una me alienta a abandonar el ideal redentor del ser humano y ocuparme de mí, de mi familia y de ganar dinero; la otra, me hace recordar los ojos sin luz de los niños muertos de hambre que deambulan por los subterráneos de Buenos Aires.
Me pregunto en voz alta: ¿Por qué tengo que estar pensando en esto? ¿Por qué no hago como hacen los demás y me ocupo de mí?  ¿Para qué estudio y escribo aportando soluciones comunitarias para que todos vivamos mejor, mas hermanados, más solidarios, más buenos... si a nadie le interesa lo que pienso o digo?

Quiero escapar de esta situación, pero no puedo. Comienzo a ascender la escalera metálica que me lleva al entrepiso, y descubro que mi refugio está a oscuras, se ha quemado la lámpara y el lugar está sólo iluminado por la luz que entra desde la galería. Me desplomo  sobre la silla. Intento serenar la mente mientras repito mentalmente el mantram: “Om Nama Shivaya” [una oración oriental, por medio de la cual se pide el auspicio del Dios Shiva, tercera persona de la trinidad hindú. Según la doctrina brahmánica este Dios destruye para construir algo nuevo. Es un Dios regenerador,  semejante a Saturno en la mitología grecoromana.] Repito:Om Nama Shivaya, Om Nama Shivaya

¿Pero qué me pasa? Estoy repitiendo el mantram en forma mecánica, todo mi cuerpo está tensionado y,  al igual que mi mente, a punto de estallar.
Quizás en este momento algún planeta está haciendo aspecto en el signo de capricornio -que es el signo que rige mi vida- o quizás no... lo mejor sería que pudiera relajarme, serenarme y poner en quietud mi mente; ejercer la voluntad, pues dice una máxima que no hay nada superior a la voluntad del hombre, pues ésta es la energía del alma.
Comienzo a respirar rítmicamente  y a ordenar a mis músculos que se vayan relajando. Relajar la cabeza lo que más me cuesta pues ésta, como vehículo de la mente, está alerta a todo lo que le ocurre al resto del cuerpo.
Cuando se practica este ejercicio se ordena no sólo al cerebro, sino a la mente que distienda. La mía , sin embargo, parece una caldera en ebullición.
Sigo respirando, y la relajación hace su efecto.

Repito:
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya
Om Nama Shivaya

Poco a poco mi mente y mi corazón se sintonizan.
Las voces se acallan. El tiempo se detiene.

Nace en mi un profundo y compasivo amor por todos los seres. Amé profundamente al ser humano, lo mismo que a los animales, a las plantas, a las piedras. Amé a un imaginario amanecer, con el Sol despuntando en el horizonte. Ese amor se fue extendiendo hacia el azul del cielo, penetrando por cada partícula del Espacio Sideral hasta remontarme a las regiones celestes de mi Ser; allí, donde el dolor no existe, pues uno se re-encuentra consigo mismo, con su parte divina, con su Ser Interno; con Dios.
- Al fin llegaste - dijo una voz. La reconocí al instante, era la voz de mi conciencia. Se oía como una voz vieja, como la Sombra de un Maestro de toda la vida, o tal vez de todas las Vidas. Fue como un reencontrarme conmigo mismo gracias al amor que sentí cuando mi mente y mi corazón se sintonizaron.
Comprendí, que para que los seres humanos nos sintonicemos, debemos amarnos los unos a los otros, porque esa es la única manera en que nuestras voces interiores puedan dialogar entre sí, hasta llegar a una sintonía mayor que haga posible la vivencia de una sola voz atemporal.
Esta voz, es la voz del alma que todo lo sabe y todo lo conoce, pues es la palabra de Dios en cada ser humano.
Para esta voz no hay tiempo ni espacio, aunque queda atrapada por el tiempo y el espacio cuando retumba impotente dentro de la caverna del cuerpo. En esa caverna, la voz se distorsiona hasta que  escuchamos ecos indescifrables a los que dejamos de lado para atender a nuestros sentidos que nos hablan de un mundo de tres dimensiones, donde estamos cristalizados por perder la capacidad de hablar con nosotros mismos.
Así mi alma me contó muchas cosas, cosas que  aún  no he podido simbolizar con palabras. Alguna vez podré ser fiel interprete de mi voz interior, por ahora sólo se que para llegar a escucharla debo aprender a amar.
Lentamente voy dejando este hermoso reino celeste que está dentro de mi, al que volveré no cuando tenga dudas sobre el valor de la acción,  sino cuando desee acrecentar el amor por los demás.

Vuelve a escucharse el tic tac del reloj. Aún está en penumbras la habitación, pero mis ojos perciben una luz más etérea.
Bajo con la sensaciones aún a flor de piel.

Abro la puerta del local y me apoyo sobre el dintel con los brazos cruzados, mirando pasar a la gente que camina sobre Santa Fe.
Un compañero de la galería se acerca y me pregunta con cara de asombro:
- ¿Dónde estuviste?  vinieron como diez personas para informarse de los cursos!!

Me había olvidado colocar el cartel: “abierto, golpee”.